Cada historia tiene su principio,
esta empieza en un autobús. ¿Qué raro no?
Notar una mirada, una extraña
sensación. Te giras y lo ves. Son sus ojos, sus ojos de chocolate. Pero no
cualquier chocolate, el mejor chocolate con leche. E incluso así, no puedes
describirlos. Solo sabes que te han traspasado. No sabes que tiene.
De pronto, cuando ambas miradas
coinciden, sientes que te paralizas, te tiemblan las piernas, se te corta la
respiración. ¿Hace más calor o es porque aún estamos en verano? No lo sabes,
solo sientes que las manos te sudan, que el estómago te ha dado un vuelco
repentino. Qué extraña sensación.
Pasan los días. Más miradas,
empiezan las sonrisas. No te lo puedes creer. Va a tu mismo instituto. Está en
la clase de en frente. Qué extraña es la vida.
No sabes que hacer, no puedes
simplemente acercarte y pedirle su número. ¿O sí? Qué extraño pensamiento.
Al final, por otros medios, lo
consigues. ¿Ahora qué haces? ¿Le hablas? ¿Esperas unos días? Qué extraño dilema