Hace mucho mucho tiempo en el país de las hadas, allí bajo tierra, se avecinaba algo importante. Los preparativos estaban en marcha.
Pero para entender que se cuece por allí debemos remontarnos miles de años atrás, cuando el rey Kieath y la reina Leniatah esperaban al que debía ser su primer y único hijo. En Alabaith, el País de las hadas, los reyes tenían un único hijo varón que en el momento de su nacimiento era nombrado futuro rey. No había norma más sagrada que aquella.
El embarazo de la reina marchaba según lo previsto, aunque su vientre era ligeramente más grande de lo normal, pero no se preocuparon por ello, pues pensaban que se trataba de un bebé grande.
Hacia finales del embarazo, las cosas se complicaron. Era noche de luna llena, nada bueno se avecinaba, pues para las hadas la luna llena era noche de malos augurios.
Un grito se escuchó de la alcoba de la reina, había llegado la hora, el bebé estaba a punto de nacer. Rápidamente los sanadores reales se apresuraron a atenderla, e hicieron salir al rey de la estancia.
Impaciente, Kieath esperaba, pero pasaban los minutos y nadie le decía nada, el rey empezaba a temer lo peor. Después de varias horas, una sanadora salió de prisa y sin decirle nada se marchó corriendo, a continuación empezaron a salir los demás, hasta que el viejo sabio le indicó que pasara a la habitación. Una vez dentro y con cara de preocupación le comunicó las terribles noticias.
-Majestad, lamento deciros que no sabemos que pudo ir mal en el embarazo de vuestra consorte, nunca antes habíamos visto algo así. Seréis vos quien decidáis, el futuro que tendrá esta anomalía.
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